Quédate una noche más – Relato Erotico

Relato Erótico – Quédate una noche más

El frío y el invierno azotaban aquel fin de semana, pero la capital estaba llena de vida el sábado noche.
 
Mis amigos y yo fuimos a disfrutar al bar de siempre, donde mil ojos nos acechaban cada vez que salíamos a la pista. Lo sabíamos y nos encantaba. Sentirnos deseados era parte de la atracción; apenas nos hacía falta beber, sabíamos que queríamos pasárnoslo bien y quién sabe si; ganar el premio gordo. Aquella fue una noche esas. Al menos para mí.
 
Mi amigo Jose y yo teníamos gustos parecidos, así que fue obvio que nos fijamos en el mismo chico. Un joven moreno de uno ochenta y pico, con algo de barba, el pelo recién cortado y una camiseta un poco ajustada. Dicho así parecería un cani de barrio, pero ni por asomo. Aunque bailaba estrepitosamente mal… de hecho era mejor obviar sus “pasos de baile”, pero tenía una sonrisa que nos encandiló a ambos. Mi amigo, que era muy vergonzoso por aquel entonces; solo con enfrentar sus pupilas a las mías me había dicho lo que necesitaba saber: aquel chico le gustaba.
 
Yo, más avispado que él decidí echarle una mano, y me armé de valor para acercarme al sujeto (Mr. X a partir de ahora), concretamente para susurrarle una cosa al oído: “A mi amigo le gustas, ¿quieres bailar con él?” y Mr. X respondió tras echarle un vistazo: “Lo siento, no es mi tipo. Pero contigo no me importaría.” Obviamente me quedé en shock porque joder, quería aprovechar la situación, pero por otro lado me sentía como una mierda por mi amigo. Por suerte Jose era muy comprensivo y me dijo: “Si para mí no ha podido ser y tú hoy tienes la oportunidad, no la desaproveches.” Tras la pausa publicitaria para ir visitar el servicio y poder acicalarme como buenamente pude frente a aquel mugroso espejo, volví a la pista con ganas de arrasar.
 
Me acerqué a Mr. X y comenzamos a “bailar” mientras Jose y el resto de la pandilla buscaban nuevas presas. No sé cuanto tiempo estuvimos allí, las canciones y los cubatas se sucedían uno detrás de otro, sólo sé lo agusto que me sentía notando como sus manos rodeaban mis caderas y manoseaban levemente mis nalgas. Sentía como el calor fluía de nuestros cuerpos y se embuía en nuestra mirada, hasta que de repente, con su brazo derecho me acabó de acercar a él y su mano izquierda agarró mi cara para así fundirnos en un beso. Me apegó tanto a él que pude notar como su pene erecto era casi incontenible en sus pantalones vaqueros. “¿En tu casa o en la mía?”
 
Alcé la vista y mis amigos ya no estaban. Obviamente me habían enviado algo así como media docena de whatsapps avisándome de que tenían que marcharse porque iban a seguir la fiesta en la casa de uno de ellos. No era un problema, por suerte mi piso estaba solo a unas calles de distancia y la verdadera fiesta se la íbamos a dar nosotros a los vecinos.
 
Caminamos y llegamos hasta el portal número 26, donde mis sueños se hacían realidad. Llamámos al ascensor y comenzamos a besarnos. Nuestras lenguas, ágiles, se deslizaban entrando y saliendo de nuestras bocas mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos, aún vestidos. Sus manos eran grandes, ásperas y estaban congeladas, pero eran lo suficientemente juguetonas como para hacerme entrar en calor. Mientras tanto yo, como podía, abrazaba su espalda mientras besaba su cuello y me friccionaba sobre su cuerpo. Si bien no era muy marcado, se notaba que visitaba el gimnasio un par de veces por semana.
 
El ascensor fue solo el interludio de lo que estaba por llegrar.
 
Pobre de mí que intentaba abrir la puerta sin mucho éxito; mientras que Mr. X avalanzado sobre mi espalda, besaba mi cuello con desdén mientras acariciaba mis pezones, pellizcándolos levemente. Yo me reía de placer, me producía cosquillas y me encantaba que jugaran con ellos, tal y como lo estaba haciendo.
 

Abrí la puerta y entonces me levantó, a lo que yo accedí rodeándole con mis piernas mientras nos besábamos.

Llegamos al sofá y me acosté mientras se quitaba su camisa azul: estaba más bueno de lo que imaginaba. Separó mis piernas y se tiró encima mía, comenzó a besarme apasionado mientras acariciaba mi cara de nuevo con su mano derecha y con la izquierda, ya presente en mis nalgas, se agarraba con fuerza para embestirme y hacerme notar toda su polla dura.

Aquella situación me ponía como una moto, pero la cosa no acababa ahí, si no que no había hecho más que empezar.

Intercambiamos las posiciones y comencé a frotarme sobre él. No aguantamos mucho hasta que nos quitamos los pantalones, dejando al descubierto mis suspensorios.

Al verlos me levantó y comenzó a darle pequeños bocados a mi culo a la vez que me me agarraba con sus grandes manos… yo, cachondo perdido, me arrodillé y bajé sus calzoncillos para descubrir su miembro, mucho más grueso de lo que me esperaba.

Allí arrodillado, asumí mi sumisión a su placer. Su caricia en mi pelo fue la señal que esperaba.

Relamí mis labios y comencé a saborear su sexo. Primero sin manos, lubricando todo su glande con mi saliva y después comencé a masturbarle con mi boca a la vez que mis dedos agarraban sus nalgas.

“Métetela toda.” dijo. A lo que accedí sin problemas, quería saber hasta dónde podía llegar, así que abrí mi boca y me la introduje hasta que tuve arcadas. Una y otra y otra vez.

Se sucedieron los minutos y cuando la excitación parecía disminuir, usaba mis dos manos para agarrar su pene y masturbarlo mientras succionaba su glande. Notaba como jadeaba de placer. Mire su cara y vi el placer en ella.

Entonces se sentó en el sofá y le seguí. Yo, a 4 patas devoraba su sexo como un animal cuando comenzó a acariciar mi espalda y…

Con la yema de sus dedos se acercó a mi ano masajeándolo mientras me moría de gusto, se salivó los dedos y empezó a introducirlos, primero uno solo y al cabo de los minutos, dos.

Me preguntó por la habitación y recorrimos el pasillo desnudos hasta ella. Allí me lanzó boca abajo al borde de la cama y separó mis nalgas para babear mi ano.

Su lengua en círculos me saboreaba y lubricaba sus dedos que poco a poco disminuían la sensación de presión.

Al cabo de los minutos, yo no aguantaba más, así que le coloqué un condón con olor a frutas y recubrí su pene del lubricante Analyse Me.

Me subí encima y poco a poco comencé a meterme su polla hasta que estuvo entera. La dejé ahí unos segundos hasta recuperarme. Tras ello empecé a montarle, subiendo y bajando poco a poco hasta acostumbrarme a la sensación. Cuando lo hice me puse de cuclillas sobre él y comencé a botar. Primero rápido y después más duro. Era yo quién llevaba el ritmo.

Me cansé rápidamente, así que me levantó y en un momento inesperado y, con mis piernas sobre sus hombros, comenzó a follarme de pie contra la pared mientras me sujetaba.

Me sentó de rodillas sobre el borde de la cama, que tenía cierta altura, y agarrándome del cuello, comenzó a penetrarme de nuevo, una y otra, y otra vez.

Como no podía aguantar su peso mi cuerpo cedió y acabé acostado sobre el colchón boca abajo; pero él no paro y siguió. Esta vez agarrando y azotándome las nalgas.
 
Me encantaba notar sus embestidas, como mi cuerpo le pertenecía y podía usarlo a su merced.
 
Me dijo que quería ver como me corría, así que me cambié y me puse boca arriba para no darle la espalda.
 
Levanté mi pierna derecha y él la pasó sobre su hombro; se escupió en el pene y volvió a ensartarme con él, mientras que con su mano derecha comenzó a masturbarme. Así una, tras otra, tras otra vez. 
 
Yo ya no aguantaba más, quería y sabía que iba a correrme. La presión en mi próstata,  sus grandes manos agarrando mi pene y mis caderas, su pecho sudado… no podía dejar de pensar en él y en aquella situación. Fue entonces cuando interrumpió mis pensamientos cuando dijo: “¡Me corro joder!” Tardé apenas unos segundos en seguirle.
 
“Me llamo Manu.” – dijo él.
 
Y joder como follaba Manu.
 
Autor: @mister_jota